No iba a la deriva.
Sin un rumbo fijado de antemano se estaba dejando llevar, acariciando por la vida y algunas veces golpeada por oleajes sin tregua.
Pero no iba a la deriva.
No mostraba toda su fuerza, no arrastaba los remos en el agua para tomar el impulso que la enviaría directa a algún lugar.
No quería, no lo deseaba, no podía...
El aroma era demasiado hermoso, el sol tan tibio, y la magia del instante se había clavado como una daga de terciopelo a través de todos sus sentidos.
Allá, en quietud, reposando en una delgada línea de belleza y paz.
Se dejaba llevar, pero no iba a la deriva...